Me duelen hasta las buenas intenciones

Algunas personas me han preguntado por qué no escribo sobre mi patológica afición a correr largas distancias. Lo he intentado un par de veces, pero los temas relacionados con los deportes son un terreno resbaloso que, se acerca peligrosamente a la autosuperación personal y la meritocracia.

Es menester decir que, de todas las disciplinas deportivas, correr largas distancias en la montaña es la menos aspiracional. Para la mayoría de los mortales, la llegada a meta nos hace ver más que como un mensajero icónico del mediterráneo; parecemos actores de relleno para una película de zombies de bajo presupuesto, y olemos peor un buen queso Vieux-Boulogne.

Es buena idea aclarar qué es el ultramaratonismo. En su sentido más literal es, correr una distancia superior a los 42.195 kilómetros del maratón. Algún gracioso dice que, correr desde la meta hasta el estacionamiento es considerado ultramaratonismo.

El mundo de las ultradistancias es vasto, llegando a centenas de kilómetros; aunque los 100 millas y 100 kilómetros se consideran canónicas; e incluye infinidad de terrenos dónde realizarlos; lo característico es el bosque, pero va del desierto a la tundra, pasando por el asfalto de la ciudad. Al combinar estas heterogéneas características se podría correr un ultramaraton dando vueltas a una cancha de fútbol, o una carrera corta en una montaña.

La composición más frecuente suele ser corredor de montaña y ultramaratonista. Pienso que, se debe a aspectos logísticos y de disponibilidad; es más sencillo (o no), meter cientos de corredores en medio del bosque por diez o veinte horas, que lanzarlos a las carreteras, expuestos a la hegemónica fauna del motor de combustión interna.

Ya definidas las distancias y localización donde ocurren estos eventos. Se debe considerar en la ecuación una variable muy importante, la orografía. Lo accidentado y elevado del terreno, ya que subir una cuesta de cinco kilómetros es totalmente distinto a realizar la misma distancia en carretera o camino llano. Ésta es la razón por la que, las carreras de montaña incluyen en su descripción, la distancia y el desnivel tanto positivo como negativo. Subir varios cientos de metros para alcanzar las crestas de la montaña impone una demanda física importante no sólo para el ascenso, se pensaría que, al bajar la gravedad nos ayudará, pero, no pocas veces en particular si no se tiene suficiente técnica o experiencia, bajar una ladera puede ser más difícil, lento y peligroso que subirla. Lo anterior se adereza con portar lo necesario para comer e hidratarse durante el camino, portar la ropa suficiente para afrontar mínimamente las inclemencias del tiempo y no pocas veces correr de noche.

Toda esta explicación además de aburrirles, lleva a la pregunta que, propios y extraños nos realizamos ¿por qué hacer esto?. Algún amigo me decía que incluso en auto recorrer tanta distancia da pereza. Pues las respuestas, cuando las hay, son de lo más variadas y no pocas veces llenas de estereotipos; desde el macho alfa, hasta historias de redención sabor tutti frutti.

Alguna vez un niño de unos ocho años, algo contrariado, al verme corriendo en condiciones deplorables me aventó la pregunta -¿por qué corres?-. Algo tan elemental que aún sigo sin poder responder a cabalidad.

De manera rápida es, porque tengo una fisonomía que me facilita esta disciplina, y por lo tanto no me dejaría ser jugador de rugby. Especulo que, mis genes algo de raramuri deben traer y que, eso me dota de una condición que promueve un adecuado consumo de oxígeno y energía.

La segunda razón es que, desde pequeño me he sentido atraído por la naturaleza. Es un lugar en el que me encuentro muy feliz, me llena en muchos sentidos físicos y espirituales. Desde que tuve la oportunidad de escapar de las toneladas de cemento de la Ciudad de México, para ir a la montaña los fines de semana, regreso con cierto grado de serenidad, algo totalmente opuesto a lo que ocurre cuando por diversos motivos no puedo escaparme, entonces la ciudad me asfixia.

Después viene algo más complicado de definir. Este tipo de carreras implica, entre muchas, dos cosas muy importantes para mi; la soledad y el aislamiento. Sé que una competencia de ultradistancia me llevará a estar muchas horas en soledad, y totalmente incomunicado. Algo tan anormal en la actualidad que, es casi un santuario a las ataduras sociales.

En ese recinto, mi cabeza pasa horas en grato destierro. Me han preguntado ¿qué piensas durante tanto tiempo? En la superficie nada relevante o significativo, pero en el fondo algo ocurre en esos trayectos que no recuerdas, horas perdidas que se borran de tu experiencia, algo profundo se moldea ahí, la mayor parte de las veces sin darme cuenta. Lo anterior se amalgama con una dosis de esfuerzo físico muy importante y una significativa cantidad de sufrimiento y fatiga.

El año pasado fue un *annus horribilis* en mi vida como corredor de montaña. Tuve que abandonar una carrera porque la diarrea me traicionó y no había manera de continuar. Mi segunda deserción ocurrió porque subestimé la distancia, llegó un momento en que mi cuerpo alcanzó a su límite y no pude dar un paso mas. Estos fracasos se me clavaron profundamente y desde entonces había evitado una carrera de esta índole. Es el precio que se paga por crearme expectativas, las cuales son un verdugo receloso y vengativo.

Pero acá estamos de vuelta, intentado desenterrarme la espina. Mi madre, que me acompaño esta ocasión y yo, nos levantamos a las dos y media de la mañana. Dado que el pueblo está a dos horas en auto, pensé que podía salir muy temprano de casa, para evitar busca algún hotel cerca de la meta. La idea dejó de ser tan buena, cuando me di cuenta que, tenía que llegar a las 4:30 a.m. para recoger mi dorsal. Tampoco calculé que a muchas avenidas principales les dan mantenimiento a esa hora, lo que implica cierres y desviaciones. Finalmente, es el horario en que muchas personas salen de la fiesta y cumpliéndose el vaticinio, un tipo en máxima irresponsabilidad iba zigzageando, poniendo en peligro a tod@s. Algo interesante fue ver localidades que de día son pintorescas, durante la madrugada intimidan. Superando esas adversidades se logró llegar a la zona de salida en tiempo y forma.

Ya con dorsal en mano, me dispuse a desayunar algo ligero, labor que se tornó compleja porque traía un panal de abejas en el estómago, los nervios me revoloteaban por todo el triperio, por un instante pensé que vomitaría.

Tras la cuenta regresiva ciento cincuenta corredor@s abandonamos la carretera y nos hundimos poco a poco en las entrañas del bosque. Mi estrategia era sencilla, hidratar y alimentarme correctamente, evitar caídas, y llevar un paso muy controlado que, aunque no asegurara un lugar en el podium, me permitiera terminar (ahora si) la competencia; la ecuación era soluble, lo que olvidé es que intentar resolverla a un poco más de 3000 metros sobre el nivel del mar la enviste de complejidad.

Durante la primera hora de carrera se observa bastante caos, entre quienes la lideran, los que la quieren liderar y no podrán, lo que no buscamos gloria ni fanfarrias, y en no pocas ocasiones los que aún necesitan más entrenamiento y experiencia para enfrentar no menos de ocho horas en continuo movimiento, cargando dos kilos de equipo en la espalda.

Al llegar al kilómetro diez y siete, en una laguna hermosa, ya se había establecido el lugar que nos correspondía, de ahí en adelante restaba ejecutar la estrategia para rasguñar una mejor posición. Para ese momento el miedo atávico de los fracasos se comenzaba a difuminar.

Como el canto de las sirenas, la belleza de la naturaleza me arrobó el pensamiento. Pero en el tercio medio de la distancia pactada, se comenzó a cobrar la factura. Ya que, era la parte más difícil, trece kilómetros de subida y bajada, los incluyo en la misma categoría porque en este deporte ambos, requieren mucho esfuerzo. Es ahí donde la naturaleza se impone, y anguladas pendientes o eternas bajadas resbalosas nos ponen en nuestro lugar, y no pocas veces es el momento en que unas buenas bofetadas de realidad nos despiertan del sueño meritocrático.

Pude transitar ese purgatorio con bastante decencia, lo que me puso contento, eso significaba que mi modesta y ecléctica forma de entrenar estaba rindiendo frutos. No había comentado que esta es la carrera con menos kilómetros de entrenamiento, aunque con cambios radicales en la alimentación y ejercicios de fuerza.

Merece ser mencionado que, el paso por el centro ceremonial Otomí es majestuoso, y aunque construido apenas el siglo pasado, enviste respeto y otorga cierta energía.

Ya para el último tercio de la carrera, me habían dejado las mujeres que disputaban el tercer lugar con las que compartí un rato trayectos, y un corredor muy joven que bajaba cuestas sin temor a dios ni a la gravedad, pero que, me dio confianza y lo seguí un buen rato; es lo que se llama kilómetros gratis, cuando logras encontrar compañeros que te hacen más grato el camino.

La soledad de las últimas horas bajo el sol en su cenit era el lugar propicio para que, el demonio se ponga a hurgar en mis debilidades y rasque con su pezuña, para que comiencen a sangrar. Afortunadamente un clima bastante benévolo, un final en descenso tenue y la buena ejecución del tramo recorrido, me dejaron correr y escapar del maligno que, me quería seducir.

Siempre la llegada a meta es emotiva y te sientes emperador por diez segundos. Finalicé dos horas antes de lo esperado, y la sorpresa fue haber logrado un lugar mucho mejor de lo que pensaba.

Al final el objetivo era desenquistarme los fracasos previos. En este trance he acotado mi situación de vida, y ser consciente de lo que si puedo hacer y lo que no.

Ya acepté que, en mi epitafio diga "Y nunca corrió las cien millas".

P.D. Esta crónica fue escrita con un tremendo dolor de piernas y espalda, lo que me llevo a acuñar la frase "me duelen hasta las buenas intenciones"

Diario de bicicleta

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