Le tengo más miedo al teléfono inteligente que al hantavirus
Mi aseveración es tan absurda como verdadera. La noticia de que a un grupo de gente de bien y de bienes; encerrados en un crucero, se trajeron un virus que, convirtió a quienes menos lo esperaban en unos apestados, unos impuros, prácticamente una nave espacial que amenazaba la vida en la tierra como la conocemos; esto ha sido tema de noticieros, periódicos, redes sociales y sobremesas del mundo. Fenómeno totalmente esperado por las reminiscencias del COVID.
La definición de pandemia del Diccionario de Español de México (sí, dejaré de usar el diccionario de la RAE) la define como un "fenómeno que se extiende a todas las poblaciones, especialmente tratándose de enfermedades".
No sé si, al estar pedaleando todos lo días o mi aproximación más crítica hacia los usos y por supuesto abusos de la tecnología de consumo, pero, todo el tiempo percibo un suceso que se extiende a todas las poblaciones; traer en teléfono en la mano todo el tiempo, es algo tan normal, tan esperado y justificado que, no se nota. A menos de que, tu integridad física e incluso tu vida dependa de ello.
El utilizar la bicicleta como medio de transporte implica varios retos, y la asunción de algunas habilidades. En mi filia por priorizar todas las cosas, tengo una lista de cosas peligrosas al andar en bicicleta, siendo la primera los automovilistas usando su teléfono inteligente. Son de lo más peligrosos, ya sea con el vehículo en movimiento, detenidos en un semáforo o estacionados en la calle; por dos características importantes: 1) la falta de preocupación por su alrededor; verdaderamente tienen toda su atención en la pantalla, ya no hablemos de las manos que sostienen el aparato en lugar de controlar el auto. 2) Se les olvida que tienen un angulo de visión de ciento viente grados y que, tienen entre sus manos el control de alrededor de una y media toneladas de peso que, dependiendo de la velocidad este valor se multiplica.
Así como en las pandemias un agente minúsculo ingresaba al organismo y podía lesionarlo hasta la muerte; y no conforme, ese fatal comportamiento lo extendía a su entorno más cercano. En perfecta analogía, un dispositivo de menos de 200 gramos y cerca de 6 pulgadas que, sólo requiere el dos por ciento de nuestro angulo de visión, es capaz de transformar en víctimas al usuario y cualquier persona que comparta su territorio: otros automovilistas, ciclistas, usuarios de moto y monopatin, transeúntes, y prácticamente cualquier ser vivo que se atreva a invadir su hegemonía.
Es tan ubicua esta amenazas que, "infecta" a los peatones. Esta es mi segunda amenaza al rodar por las calles de la ciudad, las persona en la calle mirando la pantalla, siempre en sumisa posición, si además traen puestos audífonos, la ecuación es altamente peligrosa parecen minas antipersona, en cualquier momento podrían detonar.
Esto me tiene con el umbral muy bajo para la identificación de teléfonos celulares guiando a setenta kilos de carne, piel y músculos que desposeídos deambulan errática y peligrosamente por las calles de la ciudad.
Así como en las historias de fantasía cuando una piedra, un anillo, una espada, transformaba para bien o para mal a la o al protagonista, del mismo modo el dispositivo inteligente en la mano siempre, siempre, y reitero, siempre; transformar al autoconsiderado epítome de la evolución en un ser sin alma, determinación y pensamiento.
Pero esto se reproduce en escenarios variopintos. Me sorprende cómo los acompañantes de un paciente estén atentos a la pantalla y no a lo que ocurre en la consulta médica; aún mas dramático cuando es el propio paciente quién no se puede despegar de su dispositivo, la dominación es tremenda.
Ya ni hablar de reuniones con amigos, familia o pareja, en la que ese bicho de silicio y luz incandescente hace presencia.
Esta situación tiene menos de veinte años, cuando Steve Jobs (que espero se esté dorando a fuego lento en el infierno) lanzó al pionero del teléfono inteligente, pero también algo más importante, el modelo de negocio que, a la postre trajo a la vida a los jinetes del apocalipsis.
En términos históricos es un suspiro, pero así como el COVID transformó en poco tiempo la historia del mundo, de igual manera lo han hecho los teléfonos inteligentes. Aún recuerdo a mi madre limitándome el acceso al televisor, "por que esa caja tonta te envicia y te deja tarado". Hoy la veo enganchada a tiktok de una manera impensable.
Yo que cambiaba de teléfono cada año, o menos, que tuve todas las redes sociales y me monitorizaba hasta lo impensable, sigo siendo su fiel ciervo; ataviado y adoctrinado de manera distinta no deja de dominarme, de ser una adicción que ocasiona daños físicos (de los mentales mejor ni ahondar), justo ahorita traigo una tendinits del pulgar derecho y dolor de codo por no soltar a ese gente infeccioso que, de una manera u otra hace hasta lo imposible por alimentarse de nuestra atención.
Inocentemente pensé que con modificaciones en mis hábitos de consumo digital iba a lograr emanciparme, pero no fue así. Se comporta como los virus, muta para resistirse a su extinción y mientras se encuentre en el ambiente, son un riesgo para la salud. A diferencia del hantavirus en el que las alarmas internacionales se detonaron, esta pandemia tiene un horizonte sombrío, ya que, ni sus víctimas y mucho menos los victimarios quieren buscar una cura.
Así como Mark Fisher dijo que era más fácil imaginar el fin del mundo que, el fin del capitalismo. Su servidor parafrasea esta contundente afirmación, porque creo que, es más fácil imaginar el fin del mundo, que un día con el teléfono inteligente sin batería.
Diario de bicicleta